La carrera más extraña

Por algún lado escuche que es difícil diagnosticar depresión en los hombres, porque aun cuando la pueden estar padeciendo, esconden los síntomas porque así lo aprendieron desde pequeños. Mi papá, por ejemplo, siempre ha hecho gala de una fortaleza admirable a pesar de su sensibilidad que emana de su pasión por la vida.

Conflictos heredados y autogestionados lo acecharon de cuando en cuando. Sin embargo, en apenas cortas rabietas se ventilaban los pesares. No soportó nunca la autocompasión en la que se regodean las personas que gustan de sufrir. El siempre actuó como si la adversidad existiese sólo para ser superada y no para ser pregonada.

Se proyectó hacia adelante siempre con una capacidad loable de no guardar rencor. Siempre ha sido admirado por su ímpetu y su inteligencia que es lo que supongo nos enseñan sobre la masculinidad. Así todo se torna un círculo vicioso. Si lo que más se valora en alguien es la pujanza, es natural que se haga todo lo posible para esconder el miedo o la tristeza. Aún frente a los golpes más fuertes de la vida, él siempre supo vendernos la idea de que todo estaría bien. Y siempre le creímos. Así son los papás. Los buenos. Te enseñan a ser fuerte y tener fe. Él, aunque poco piadoso y nada santo, encarnó siempre la fe de lo imposible en su día a día.

Habita en él cierta dualidad. Es muy fuerte pero a la vez muy sensible. Se deleita en la belleza de la naturaleza, el arte, la historia, las historias. Esos deleites que sólo pueden cautivar a las almas románticas. Vi muchas veces lágrimas en sus ojos al recordar relatos o escuchar canciones. Algunos de estos episodios, aunque no todos, ocurrieron con tragos encima -algo que no era poco frecuente para el bohemio cantor que convivía con el sólido abogado y el asiduo deportista. Al contrario de varias personas que me han dicho que nunca vieron a sus padres derramar lágrimas, yo lo vi llorar varias veces. Eran destellos de su corazón generoso que se sobrecogía ante lo feo del mundo, que muchas veces él vio de primera mano desde edades tempranas.

La única vez que corrí una competencia de atletismo –una de sus aficiones desde siempre- lo hice a su lado. En los tramos excesivamente empinados literalmente corrí de su mano. Tal como lo he hecho toda mi vida. Recuerdo que en la última curva antes de la recta final me dijo que era la hora de “rematar la carrera”, de aumentar la velocidad, pero sobretodo, de levantar el rostro y lucir soltura. ¡Qué nadie te vea cansada! ¡Qué nadie te vea derrotada! En adelante, siempre recordaría esas palabras aunque no las cumpla casi nunca. Soy una llorona consumada y para alguien que tiene siempre sus emociones brotando sobre la piel, me resulta difícil la contención o la apariencia. Traté. Creo que no tuve tanto éxito.

Mi impecable padre pocas veces entendió mi actitud algo relajada frente la vida. Yo muchas veces no compartí su rigurosidad perfeccionista ante ciertas cosas. De a poco voy comprendiendo la importancia de la elegancia y la proyección de una buena imagen de uno mismo en toda circunstancia. ¿Aprenderá él también a soltarse un poco?

Hoy las cosas han salido de su control. Su puño ya no le permite asir las riendas que tan apretadas las mantuvo durante toda su vida. Ahora hay caos y para él no debe de ser fácil. Uno de los personajes de Rosa Montero dice que cuando joven uno cree en gran parte que somos nuestro cuerpo. De repente, éste nos traiciona. Actúa en nuestra contra. Hoy mi padre ya no corre maratones. Su retos son más básicos. No debe ser fácil para nadie. Mucho menos para él.

Me gustaría hoy decirle que ya no importan las apariencias. Está bien sentir. No hace falta parecer fuerte para que se mire a kilómetros de distancia su temple. Más allá de cualquier circunstancia él es épico, no por no sentir miedo o cansancio, sino por su inagotable voluntad de seguir.

Ahora que ya no soy niña, admiro al amor incondicional que siempre nos profesó mucho más que a cualquier otro tipo de fuerza. Quiero recordarle hoy a mi papá que ya no es necesario el sustento o la provisión sino más bien el amigo. Que puedo vivir sin el padre roble, pero no sin el alegre y cariñoso compañero de toda mi vida. Que se vale el quebranto y la flaqueza pero no la capitulación. Le quiero decir que no está sólo. Que nos tiene a nosotros en esta extraña carrera de la vida. Por la vida. Que aprendimos la lección de la tenacidad de un inmejorable maestro. Y acá estamos todos juntos con fe. Que le cubrimos las espaldas. Que él es sencillamente maravilloso aun en el desconcierto. 

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Para mi adorado papi, Edgar Antonio Zárate, en otra de sus tantas luchas. Para mi mami, Carmen, y mi hermana, Valentina, guerreras en este confuso campo de batalla. Mi admiración y devoción. 

Relación amor–odio con los aeropuertos

Cuando era más joven los amaba tanto. Salir de viaje siempre me llenaba de una sensación de vértigo del bueno. La emoción de la aventura. Recuerdo mis primeros recorridos sola en la adolescencia. Quería comerme el mundo. En los siguientes, reduje el ajetreo del itinerario. Menos destinos y más calma. De a poco, las cosas fueron cambiando.

No es lo mismo estar sola. Es difícil dejar atrás a tus personas favoritas. Hay gente que con el tiempo se vuelve vital, indispensable. Ya no le hace a uno tanta gracia vagabundear cuando necesitas la risa de tus hijos o el abrazo de quien amas y te ama. Creo que últimamente que los aeropuertos me han quitado más de lo que han traído. Así me siento hoy: vacía e incompleta.

Llegar a pensar en que puede ser deseable que el avión despegue sin mí por cierto descuido de tiempos y horarios -voluntario-, es una novedad. Esperar que el avión no se lleve a los míos es desgarrador. En estos momentos se entrena la famosa paciencia, que pocas veces antes fue tan requerida. Su cultivo fue más bien descuidado en estos tiempos en los que se espera inmediatez.

Un amigo me sugirió que me calme, que estudie y que cuando regrese sonará “Un velero llama libertad”. Más allá de la chistosa referencia mental de Abdalá bajando del helicóptero, hoy sí siento esa voz que constantemente me increpa -¿dónde vas?, y en mis sueños dibujé gaviotas y pensé hoy debo regresar… (Bucaram, get away, es linda esa canción).

Espero pronto poder cantar “y regresó…”. Ya me están cayendo un poco mal los aeropuertos. Espero reconciliarme con ellos cuando los planes ya no sean en solitario.

Finalmente, tengo un deseo

Me gustaría tener algún buen tema para escribir, pero lamentablemente no tengo ninguno, no conozco nada en la cantidad suficiente como para reflejar algo decente en un texto. Quiero y creo tener algo que decir, quizá algo importante (el famoso ego siempre generándome expectativas poco precisas para sentirme bien hoy, en base a ideas de éxito futuro). De seguro poseo cierto espíritu crítico (al menos eso me han dicho y les he creído), pero carezco de agudeza y profundidad en cualquiera de los temas que me interesan. Me interesa la política y la economía, por lo que trato siempre de seguir el acontecer nacional (Ecuador) y mundial, pero no creo dominar suficientemente ningún tema como para compartir públicamente mis “análisis”. Si bien, muchos de los que escriben opiniones lo hacen de manera ligera eso realmente no me interesa porque considero que es una falta de respeto al lector. Yo creo poder hacer algo bueno (dicho con cierto tono escéptico). Me gustaría que en mis textos se vea originalidad, inteligencia y conocimiento (no sé de qué, pero conocimiento). Me da vergüenza escribir esto, como si esas cosas nacieran gracias a una generación espontánea y no a un ejercicio disciplinado.

Peor aún, en cuanto a una escritura más especializada, tampoco creo poder concebir textos dignos de ser publicados en revistas académicas, principalmente porque para esto se necesita un amplio bagaje de conocimientos que no me he preocupado por adquirir. Para generar un texto académico, se requiere haber leído mucho previamente, con el afán de poder generar nuevas propuestas. No me parece tarea fácil acumular de manera sistemática premisas que permitan dar a luz un buen texto, admirable, sólido, iluminador, wow! Siendo franca, no he leído nada que me habilite a escribir algo! (risas). Espero algún día, poder acumular conocimiento para poder compartirlo y obviamente, como buena Leo, poder también recibir un tanto de admiración. Sí, soy Leo de signo zodiacal. En este punto, tengo que reconocer que participo los eclecticismos new age de la búsqueda del bienestar a través del equilibrio de las energías, la astrología, la meditación, la espiritualidad adaptando creencias a mi medida sin poder ni querer renunciar a mi cristianismo. Participo de varias inconsistencias noveleras que en parte me avergüenzan y me quitan credibilidad, pero debo confesar, por sinceridad con el lector (sí es que llega a haber uno), que así es.

Mientras construyo mi “carrera” como analista política o económica (risas: en realidad me da mucho chiste lo que digo, porque no sé qué hago para lograr eso, por lo que no sé si eso pase en realidad en algún momento, pero al menos creo que es importante identificar deseos, algo en mí casi imposible) probaré iniciarme en la palabra a través de este blog. Empezaré a coquetear con un nueva actividad que espero que no se quede empolvada a medio camino como la mayoría de las cosas que inicio. A través de ejercitarme en escribir mis super reflexiones, quién quita que termine escribiendo cosas interesantes en temas diversos. No creo que algún momento llegue a escribir ficción porque no creo que esa actividad llame mi atención como forma de expresión (y obviamente, de interesarme, dudo tener el talento y la capacidad para hacerlo), pero sé que en general, me interesa el arte. Si eligiese un camino por esos campos, tampoco sabría qué es lo mío (suponiendo que a estas edades, de la nada, pudiera hacer arte). De manera amateur – amateur (como diría la canción de Molotov) he bailado, he dibujado y he actuado. Aún cuando creo tener cierto talento en los tres, una vez más, como buena Leo, siento un goce extremo en los escenarios. Actuar creo que es lo que más fácil, natural y placentero me resulta, pero lo he hecho muy poco (siempre la idea de “lo formal”, me ha impedido priorizar otros placeres). Siempre he vivido creyendo que tengo cierto talento ahí reposando (o al menos esa idea calma mi ansiedad), que bien pudiera fluir con cierto éxito en cualquier momento. Una vez más, no me preocupo, porque “si yo de verdad quisiera” podría ser muy buena en lo que escogiese (esta frase parece repetirse como excusa constantemente en mi vida). Sé que tengo talento y creatividad, pero aún no escojo ninguna forma expresión, a través de la cual mostrarme –a mi misma-, mirarme, curarme. Todavía no sé qué y cómo comunicar –supongo que en parte esto está vinculado al miedo al fracaso y al ridículo-.

En definitiva, como han visto, no hago nada ni soy nadie. Siento cierta nostalgia de no poder vestir el traje que ha sido diseñado cuidadosamente para mí, y llenar las expectativas de terceros, principalmente de mis padres –que en gran medida, ahora puedo decir, son las mías propias. He abrazado varios de los planes que se esperaban de mí, sin embargo, otros no (o todavía no, lo cual no es lo que yo esperaba de mí misma cuando era más joven pensando en mis futuros late twenties). Siento cierta tristeza de no haber abierto ningún camino propio. Ningún rompimiento. Creo haber transitado por la vida de manera cómoda, mostrando cierta rebeldía inocua propia de la inmadurez, aquella que no genera ruptura alguna en la comodidad de la vida de una niña mimada y sobreprotegida. Mis decisiones casi siempre se han congraciado con las prebendas del sistema que me protege y que me llegaba a asfixiar, porque era más seguro seguir algún camino, que encontrar el propio. Sin embaro, eso ya no me causa pesar. Ahora estoy contenta y en paz con lo que me he convertido y con lo que he hecho. Queda mucho por hacer, pero no siento apuro. Creo estar contenta y expectante en mi camino. Puedo decir que no me arrepiento de lo que he vivido o decidido. Estoy conforme con mi vida (excepto con lo que estudié en la Universidad, error que a fin de cuentas no resulta ya tan grave).

Al final, frente a dilemas importantes o frente a aquellos que puede lucir poco importantes, la vida te obliga a tomar decisiones. Ahora existe en mi solo una certeza, tengo un deseo concreto. Antes que haber descubierto cuál habría de ser mi profesión anhelada, mi trabajo perfecto, la vía de expresión artística adecuada para mí, o cualquier otro anhelo que parezca importante en la vida (cosas que cuando creces pierden importancia, porque ya no crees ser escencial en el mundo) estoy segura de una única cosa. Quiero tener una familia propia. Mi sueño puede ser poco vanguardista como mujer que vive su juventud en el siglo XXI, pero tengo que aceptarlo: quiero un hogar.

Esta es mi primera decisión, que ha sido descubierta a mis 28 años. Parece una decisión bastante tradicional, muy poco rebelde, muy poco ambiciosa, muy poco original. Pero me ha costado mucho descubrirla, supongo precisamente porque entre tantas cosas que se pueden obtener ahora, es difícil plegar por alguna con mucha fuerza, sobretodo porque ésta podría parecer algo anticuada. Sin embargo, ahora mi prioridad es asumir mi maternidad de manera completa, algo que no ha sido muy fácil ni automático como a veces podría pensarse. Quiero crear una familia propia, entre mi hija y yo. Luego, tal vez alguien más nos quiera y sea querido por nosotras.

Mama y niña, viajando. Chocolat (2000).

Mama y niña, viajando. Chocolat (2000).