Enamorada a los -casi- treinta

The Impressionist Lovers – Leonid Afremov

En esta época parecería ser que estamos llamados a eliminar el miedo a la soledad. Así, la reafirmación de individualidad resulta indispensable para que uno pueda valerse por uno mismo y estar listo a enfrenar la vida sin depender de nadie. El asumir la actitud de felicidad independientemente de las circunstancias y de la compañía, según sugieren los memes motivadores, es la fórmula para andar por la vida en paz. Esta corriente que trata de fomentar la felicidad y el optimismo como forma de enfrentar la vida es bastante útil en especial en los momentos en los que nuestra estabilidad mental depende del desapego. En mis momentos de desamor y desolación, profesionales de la salud emocional me recomendaron libros autoayuda de los cuales no pude sino revisar las primeras páginas porque me parecían irreales e irrespetuosos con los procesos sentimentales personales. Sí llegué a ojear el prólogo de uno de ellos en el que se indicaba que si bien las mujeres habían logrado relativo éxito en el ámbito económico y profesional, en el lado emocional quedaban siglos para conquistar la emancipación. Y claro, todo hacía sentido porque ahí estaba yo, con el corazón roto, lamentando la estupidez de haberme expuesto al dolor y de haber perdido cualquier perspectiva de autonomía, pues sin “aquella persona”, todo era amargo y gris. Debía por tanto, en adelante, “amar con la cabeza” y no bajar la guardia.

Cuando uno empieza a albergar sentimientos por otra persona después de haber experimentado ya las nocivas consecuencias de amar sin los criterios y filtros que propugnan los managers del amor, es difícil saber cuáles son los límites sanos en el prospecto de nueva relación. Empezar a abrir las puertas y sentirse vulnerable es tan difícil no sólo por el miedo al dolor sino también por este sentido de pérdida de espacios. En la medida en la que uno gana confianza sobre la pertinencia del amor y seguridad sobre la valía de la persona que uno ha encontrado, empieza el despojo de los protocolos. Ese hombre llegó a instalarse de manera permanente mi pensamiento y de repente me encontraba yo en la imposibilidad de empezar mi día sin saludar con él, contarle cada uno de mis pasos, festejar con algarabía sus mensajes en mi teléfono y recibir sus besos de buenas noches. ¿Qué clase de mujer independiente puedo ser si prefiero estar con él ante hacer absolutamente cualquier cosa y estar con cualquier persona? ¿estoy siendo torpe otra vez? ¿voy a pagar por mi falta de emancipación emocional con profundas heridas que tardarán años en sanar otra vez? Walter Riso estaría, sin duda, avergonzado de mí. Si bien a mi me cuesta mucho imaginarme un “estado de felicidad” duradero estando sola, ahora que estoy enamorada, la soledad ya no sólo es incómoda sino opresiva. Todo esfuerzo por lograr independencia y solvencia ante la vida se hace humo frente a la imperante necesidad de tener a quien amo la mayor cantidad de segundos posibles a mi lado.

Ahora que estoy a días de cumplir treinta, tengo mucho más optimismo que cuando empecé este blog porque he aprendido a no juzgarme de forma tan dura. Una de mis grandes reconciliaciones en esta época, ha sido precisamente el poder aceptar la importancia que tiene para mí el construir una relación con otra persona y entregarme a ello. Así, en vista de que he tenido la grandiosa suerte de conocer a alguien que me ha brindando la posibilidad de amar abierta y completamente, he dejado de poner filtros a este sentimiento porque el “amar con la cabeza” no solo me parece imposible sino poco deseable.  Si bien, es una gran apuesta, esta maravillosa persona que hace casi un año se cruzó en mi camino, me ha contagiado su fe en el amor – o reavivado la mía que estaba refundida en mis oscuridades- para volver a soñar con la inocencia y la fuerza que solo los amantes tienen. Por eso he elegido de manera consciente disfrutar a mis anchas de mis síntomas de enamoramiento.

Ya vendrán momentos en los que necesite mi autosuficiencia en mayor o menor medida, pero por el momento puedo identificarme con cualquier canción o poema romántico que resultaría una aberración para las corrientes del desapego y la individualidad. Me siento emocionada de haber tenido la fuerza para permitir que este cumpleaños número treinta me encuentre ilusionada como una adolescente -una impulsiva y alegre. Espero, sin embargo, que las experiencias de estos últimos años me permitan poder actuar y cuidar esta relación como lo haría un adulto -uno sano, por supuesto. Este cumpleaños que implica un pequeño hito que invita a la retrospección, será por suerte, feliz. Ese hombre precioso dirá que no es sólo suerte y tiene razón. Cuando hay mucha distancia y tiempos largos de espera, las cosas no se pueden abandonar al azar. No lo hemos hecho. Una vez zanjando a la pregunta retórica de qué sería de la vida, él me dijo que será lo que nosotros queramos. Hoy sé con certeza que lo quiero es a él.

The impressionist Lovers – Leonid Afremov

Para mi adorado G.B.

Relación amor–odio con los aeropuertos

Cuando era más joven los amaba tanto. Salir de viaje siempre me llenaba de una sensación de vértigo del bueno. La emoción de la aventura. Recuerdo mis primeros recorridos sola en la adolescencia. Quería comerme el mundo. En los siguientes, reduje el ajetreo del itinerario. Menos destinos y más calma. De a poco, las cosas fueron cambiando.

No es lo mismo estar sola. Es difícil dejar atrás a tus personas favoritas. Hay gente que con el tiempo se vuelve vital, indispensable. Ya no le hace a uno tanta gracia vagabundear cuando necesitas la risa de tus hijos o el abrazo de quien amas y te ama. Creo que últimamente que los aeropuertos me han quitado más de lo que han traído. Así me siento hoy: vacía e incompleta.

Llegar a pensar en que puede ser deseable que el avión despegue sin mí por cierto descuido de tiempos y horarios -voluntario-, es una novedad. Esperar que el avión no se lleve a los míos es desgarrador. En estos momentos se entrena la famosa paciencia, que pocas veces antes fue tan requerida. Su cultivo fue más bien descuidado en estos tiempos en los que se espera inmediatez.

Un amigo me sugirió que me calme, que estudie y que cuando regrese sonará “Un velero llama libertad”. Más allá de la chistosa referencia mental de Abdalá bajando del helicóptero, hoy sí siento esa voz que constantemente me increpa -¿dónde vas?, y en mis sueños dibujé gaviotas y pensé hoy debo regresar… (Bucaram, get away, es linda esa canción).

Espero pronto poder cantar “y regresó…”. Ya me están cayendo un poco mal los aeropuertos. Espero reconciliarme con ellos cuando los planes ya no sean en solitario.

La Bruja

¿Por qué me juzgas por mi dolor? Mi dolor es mío. Espero que se vaya pronto, porque, como es de suponerse, no me hace feliz. No es un buen compañero, no quiero vivir con él por siempre, que guíe mis pasos o que me cubra atrayendo lástima. Sólo no me pidas que lo suelte sin sentirlo hasta lo más profundo. Ahí me podrá abandonar. Seguro que ahí se irá por completo. A mi también me fastidia y para serte sincera, quisiera ya que desaparezca. No quiero que me persiga por siempre, porque no es un buen aliado. Yo soy alegre y divertida y él me coarta.

Ahora bien, creo que debemos ser realistas. Tu y yo sabemos que no me va bien fingiendo que no existe. A ti también te va mal creyendo mis mentiras. Pesaste que iba a ser fácil. Eso fue ingenuo de tu parte. No te culpo porque yo también pensé lo mismo. Ya he fingido muchos años que no existe, pero ya sé que no termina de irse.

Hoy escuché a una diosa decir que los conflictos deben ser resueltos porque sino se repiten mientras tu crees que huyes. Supongo que es así, porque tus dolores son tuyos y los arrastras por dónde vas. En todo cuento aparecen, en toda ciudad, en todo espejo, hasta en las flores, las más bonitas. La felicidad y libertad te inundan por un momento, y luego, recuerdas. Ojo, no te imputo mis pesares. De alguna manera, yo misma los he creado. Lo bueno es que me doy cuenta. Lo malo es que duele.

Tantos días han pasado. Resulta increíble pensar que todavía haya heridas abiertas que de cuando en cuando sangran. No me culpes por mi crueldad. Entiéndeme. Perdóname. Yo, eso trato. Te he querido como he podido, pero sí que te he querido. Tu y yo sabemos eso. Pero ya ves, doy lo que tengo. Ya lo dijo el sabio de la montaña, la bruja es mala porque tiene una espina clavada en la espalda.

La sorcière – Lucien Lévy-Dhurmer – Musée d’Orsay, Paris, France