Si no lo sabes, necesitas saberlo

Ayer estuve en un restaurante-librería-teatro de un barrio bastante peculiar y alternativo de la ciudad haciendo deberes por varias horas. La argumento sobre el cual lugar se funda, es la inclusión y el reconocimiento de las minorías, especialmente de los negros, por la tradición étnica del barrio. Tiene una elegante decoración que se mezcla con la temática de protesta social, principalmente a través de sus paredes que exponen frases e imágenes de líderes que han contribuido a la construcción de sociedades más equitativas – desde Malcom X hasta Rigoberta Menchú. En ciertas ocasiones voy ese lugar porque es cerca de la casa, hay buena música, rica comida y espacio para trabajar por tiempo ilimitado. Además de ahorrarme el cocinar, preparar mi propio café o levantarme a tomar agua, estar ahí me genera una sensación de compañía porque se trabaja junto a otras personas. Esa idea, sin embargo, es totalmente irreal porque la mayoría de gente se concentra en sus quehaceres, escribe en sus computadoras y oye su propia música. Terminé yo también optando por los audífonos para evitar el barullo del lugar.

Tras varias horas de haber intercambiado escasas palabras únicamente con los meseros, un hombre mayor, que llevaba puesto un saco de lana algo raído y un pantalón sencillo, se dirigió hacia mí con una amable sonrisa. Acá lo llamaría afroamericano pero me cuesta plegar a esa palabra por la multiplicidad de conflictos en torno a lo racial. Que me hable me pareció extraño por el aislamiento en el que cada persona está sumergida, incluyéndome a mí que no pude escuchar lo que decía debido a los audífonos. Repitió: “You are a very beautiful woman and you have a pretty smile”. Fue tan amable y respetuoso que lo único que se me ocurrió hacer fue sonreír y agradecer. Uno siempre puede sentirse ofendido por esta clase de acercamientos en vista del constante acoso verbal al que las mujeres estamos sujetas a causa de la falta de límites de los hombres. Sin embargo, esta vez no lo tomé así y más bien decidí ser amable porque había algo interesante en este señor.

Desde que llegó, pude ver que intercambió varias palabras con la mesera que le atendía antes de hablarme a mí. En cierto momento, le tomó la mano y le hizo una reverencia, como las personas que rendían honor a otras en siglos distintos. Se veía gratitud sincera en sus elegantes pero algo inapropiados gestos. Desentonaba entre los clientes, la mayoría jóvenes blancos con modernos aparatos electrónicos, mientras él entre sus manos con las que realizaba enérgicos y caprichosos movimientos, apenas tenía una pequeña cartera. Yo me quedé sin audífonos para saciar mi curiosidad. Pude escuchar que la mesera le preguntaba al hombre si al menos deseaba un poco de agua, por lo que supuse que no iba a ordenar nada. Tal vez solo buscaba refrescarse en medio de un caluroso día. Así fue como se sentó, aceptó la oferta de la samaritana, me habló, bebió y se fue. Antes de partir, sin embargo, me dijo una vez más que yo debía saber, si es que no lo sabía ya, que era bonita. Finalmente, salió.

¿Bonita? Si bien un elogio sincero nos puede avergonzar también nos genera cierta gratitud proveniente del ego halagado. Pero en este caso, quién necesita ser bonita cuando atraviesa dificultades académicas. ¿A quién le sirve “bonita”? Lo que al final del semestre necesito es ser inteligente, perseverante y eficiente. Además, jamás hubiese esperado oír en algo semejante en ese momento de tensión en el que estaba despeinada, sin maquillaje y con una ropa tan “cómoda” -por usar un eufemismo con mi querido pullover deportivo- que mi hija, con quien hablé por skype, pensó que había ido al café con pijama. Hablar de belleza en ese momento era absurdo desde donde se lo mire.

Muchas ideas y sensaciones surgieron a partir de ese evento. ¿En un lugar que se precia de ser inclusivo, de verdad puede entrar la gente a sentarse, conversar, pedir agua e irse, sin ordenar nada? ¿puede un hombre desconocido decir a una mujer que es bonita y la mujer aceptar esto sin que sea una ofensa? y finalmente ¿qué tan precisa es la idea que uno tiene de uno mismo? Me alegró ser testigo de esa muestra de generosidad en un lugar en donde al parecer sí se practica lo que se predica más allá de la estética hipster progresista. Por otro lado, si bien fue un desconocido el que me dijo el cumplido, en su actitud no vi ninguna intención ofensiva sino más bien genuina de una persona amable. No llevó la cosa más lejos así que decidí no cuestionarme sobre ejercicios de poder y derechos, porque hubo otras reflexiones que merecieron mayor atención. Yo, por ejemplo, no valoro tanto la belleza como otras cualidades que realmente me importan al valorar a las personas y a mí misma. Quisiera ser, por ejemplo, brillante, creativa, creadora, protectora, entre otras cosas. Las palabras de aquel humilde hombre, sin embargo, me recordaron que tal vez, ya sea en un momento específico o a lo largo de la vida, podemos vernos a nosotros severidad. De hecho, es probable que en parte yo ya sea -un poco, algo- de lo realmente me interesa ser. Enseguida me puse a pensar en todas las personas que quiero y me di cuenta que tengo la suerte de conocer a gente genial. Muchos, sin embargo, no parecen estar tan conscientes de ello. Tal vez, ellos no ven lo que yo veo. Quise compartir estas ideas con todas la personas que quiero y admiro, porque a veces nos cuesta ver algo bueno en nosotros mismos. A veces necesitamos que alguien más nos diga que somos mucho más de lo que creemos ser.

Con especial cariño para Belén Sánchez H., a quien tanto debo. Gracias por todos aprendizajes.

El florecimiento de los cerezos en primavera - 12 de abril 2015 - Washington DC

El florecimiento de los cerezos en primavera – 12 de abril 2015 – Washington DC

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Mamá en la tormenta

Hoy hay tormenta en este rincón del Norte. Muchos relámpagos iluminan el cielo, y yo, de repente me siento invadida por la angustia. 

Cuenta mi mamá que de pequeña, en unas vacaciones en Quito, vivió una granizada intensa. Luces y sonidos eran parte de los efectos especiales de ese intimidante espectáculo que no se veía en Ambato -según ella- con semejante intensidad. 

Hoy, a miles de kilómetros y decenas de años de ese evento de su infacia, recuerdo el relato esa historia capturada para siempre a través de sus tiernos ojos. Entonces, entiendo mi ansiedad. Quiero proteger a la niña. 

Hoy vive en Quito. Yo no tengo miedo. Si hubiese relámpagos también allá, me gustaría estar cerca, porque ella, la que siempre me protege, todavía hoy se cubre atemorizada por los rayos. Por eso, cuando llueva y empiecen los estruendos, quisiera poder abrazarla y decirle que no nos va a pasar nada, que vamos a estar bien.