La imaginación

Mi hija de tres años -y cinco meses, tal como a ella le gusta precisar- me preguntó hace pocos días sobre el significado de la palabra imaginación. Le respondí que imaginar era evocar algo que no existe o que no vemos. Es un acto de creación de nuestra mente, le expliqué, para posteriormente, a manera de ejemplo, invitarle a visualizar un perro rojo.
-Cuéntame, ¿cómo es?, pregunté pensando en el pelaje o en el tamaño del animal.
Me contestó firme y con una sonrisa:
-Azul y blanco.

Por: Andrés Burbano Montalvo - Mayo 2014, París

Por: Andrés Burbano Montalvo – Mayo 2014, París

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Dios está en nuestras manos – Dieu est entre nos mains

-Il reste à l’écart?
-Non, Il agit à travers nous, les hommes. Il nous éclaire, Il nous encourage, Il nous rend généreux, opiniâtres. Sitôt que nous comprenons cela, nous saisissons que nous avons la charge de Le faire exister, ici et maintenant, sur cette terre.
-Sur cette terre, pas au ciel?
Il approuva gravement.
-Dieu est entre nos mains.

El monje que brinda abrigo a Anne, la joven que no encontraba el sentido de la vida dentro de lo tradicional de la época para una mujer en la Brujas medieval, le habla de Dios:

-Él se mantiene a un lado?
-No, Él actua a través de nosotros, nos ilumina, nos anima, nos hace generosos, obstinados. En cuanto lo entendemos, nos damos cuenta de que tenemos la misión de hacerlo existir, aquí y ahora, sobre esta tierra.
-En esta tierra, no en el cielo?
Él asintió con seriedad.
-Dios está en nuestras manos.

Du roman:
La femme au miroir
Eric-Emmanuel Schmitt

 

El Circo – Los magos, los acróbatas, los clowns… y yo

Angela Bongiovanni en la Rueda Cyr – Fuente: http://www.infocirco.com/noticias/medium/rodacircop.jpg

El sábado pasado, conseguí tras días de presión a mis padres, que vayamos juntos a ver Cirkópolis, obra de Cirque Éloize. Creo que accedieron a acompañarme no únicamente porque al estar de paso en el país de alguna manera tengo cierto poder de imponer agendas familiares, sino porque ellos deben de sentir responsabilidad por haber cultivado desde mi temprana infancia una devoción al circo. Obviamente, el espectáculo que presenciábamos mi hermana y yo desde pequeñas incluía payasos, enanitos -como parte del freak show, al huevazo-, animales y demás números propios de los circos tradicionales. La verdad poco me acuerdo de eso. Lo que en mi mente hasta ahora queda, son los trapecistas. De hecho, esa era mi profesión anhelada: “yo voy a ser trapecista del circo de orlandorfei” decía desde infante. Al googlear este nombre, caigo en cuenta de que en realidad se llama Circo Orlando Orfei -he estado equivocada por décadas enteras-.  No recuerdo si ese circo estuvo en Ecuador o si lo miré por televisión -sí, veía circo por televisión-, pero ese nombre se me grabó desde pequeña. Igual, no importaba el nombre del circo, lo importante era la acrobacia.

Tuvieron que pasar muchos años desde la niñez para volver al circo. Durante el colegio y la universidad hice danza contemporánea, clásica y también clown. Pero era ya muy tarde y no podía ser ni bailarina ni trapecista. Ojalá mis padres hubiesen escuchado más a la niña que soñaba con la contorsión y los saltos –o tal vez hicieron bien, pero sé que sí me hubiese gustado practicar estas disciplinas con más seriedad y frecuencia. Eso sí, la magia de un escenario la experimenté y aunque éste albergaba a aficionados que se equivocaban e improvisaban, la sensación es algo incomparable. El escenario, como pocas cosas, provoca emociones poderosas. Euforia.

En mi adultez –qué adulta soy-, he presenciado tres espectáculos de circo, de aquellos cuya producción es laboriosa y cuenta únicamente con humanos –acróbatas, clowns, actores y músicos- en shows deslumbrantes. Es un concepto distinto, más artístico y elaborado, respecto del circo clásico. De entre ellos, el que menos me impactó es Amaluna del Cirque du Soleil (o ¿quizá solo era mi cansancio extremo durante aquel viaje de trabajo en el que vi este show?). Con esto no me quiero hacer la sabrosa diciendo que no me gustó; es más, me cae mal la gente que habla negativamente de lo hermoso -por ejemplo, los que dicen que Venecia es fea-. Lo que ocurre, creo yo, es que es tan fantástico que parece un sueño o una fábula y la verdad es que mucha fantasía no es lo mío. Me recuerda a las películas de ciencia ficción y a mi ni siquiera me gusta el Señor de los Anillos con sus criaturas raras. Mi espíritu debe estar en modo hippie para impactarse en sus fibras más profundas por algo tan alejado de lo cotidiano de la humanidad.

Creo que lo que me gusta en este tipo de espectáculos está más ligado a la magia que puede producir una actuación dentro de un plano más real. Una historia. Donka- Una Carta a Chejov, por ejemplo, fue para mí una experiencia sublime, divertida y profunda. La sensación de deslumbramiento me duró por semanas: esa alegría que deja el haber vivido la perfección, lo imposible. Artistas con música de fondo que si se la oye sola, ya es en sí misma, un espectáculo. Hasta ahora, si bien ya no recuerdo claramente la obra me queda la sensación de haber sido parte de algo maravilloso. Sigue la estela de la magia dentro de mi, la magia de lo más simple pero con mayor significado. Doctores, enfermos, locos, pescadores, todos en una poética obra que ha sido una de las cosas más lindas que vi en la vida. Digo una de las cosas más lindas porque también están los eventos naturales como el atardecer, verle a mi hija por primera vez o verle a mi mamá luego de un viaje largo. Pero, como creación del hombre, este ha sido el espectáculo más bello.

Respecto de Cirkópolis de Cirque Éloize, puedo decir que es una obra divertida pero que a ratos llega a ser deprimente y estresante, porque expone momentos de opresión y angustia dentro de una vida de trabajo cotidiano. Obreros y oficinistas interactúan erráticos con mucha rapidez y sin mucho sentido, dentro de la vida mecánica que el sistema impone. No obstante, en medio de los engranajes de las máquinas y los montones de papeles se llega a encontrar maravillosos momentos para permitirse soñar – ¡arrrgh! Escribir esto me recordó al perturbador y patético personaje de Bjork en Dancer in the Dark, digamos que la idea es la misma pero esto quedó bonito-. En esta obra, la imaginación y la melancolía detienen el ritmo y finalmente la vida es honrada cuando se ignora “el deber”. El momento cumbre: la muchacha en vestido rojo bailando con la rueda cyr. Una persona que con tanta elegancia y gracia, gira sostenida de una aro – una enorme hula hula – no puede ser mala, al menos jamás en ese momento, ahí es necesariamente un ser divino, enviado por Dios para recordarnos que la belleza y el bien existen. No es la hermosa música, no es la proyección de la fábrica que se convierte en escenario, no es el contraste de su vestido rojo entre los uniforme de trabajo, es todo esto junto, más una rueda gigante que sirve de instrumento sobre y con el cual moverse. Eso sobrecoge como una alegoría del espíritu libre.

Todos necesitamos a Donka en nuestra vida y espacios de hula hula gigante en la cotidianidad porque solo así vale la pena vivir. Obras como éstas le dejan a uno lleno de ganas de soñar. Por eso desde pequeña, hasta ahora y seguro hasta mis últimos días amaré el circo, porque ahí es donde la magia y lo imposible ocurre. Después de estar ahí, uno vuelve a creer que todo es posible y que si esos acróbatas y bailarines, siendo humanos –¿lo son?- logran algo tan deslumbrante, que hipnotiza a tantas personas, tal vez uno también pueda hacer magia y derrocharla hacia otros, y el mundo pueda ser mejor.